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Sobre el “Pueblo” y la “Gente”

Las manos de la protesta – Oswaldo Guayasamín

SÓLO HACE FALTA RECORDARLO

“¡Esto es lo que le gusta a la gente!”   (Augusto Ferrando)

“Todo lo que se hace en nombre del pueblo, sin el pueblo, va contra el pueblo”  (Mahatma Gandhi)

“Porque sos pueblo, te quiero”  (Mario Benedetti)

No sé si todo tiempo pasado fue mejor, quizás en algunas cosas, como la época en la que pude llegar a ver la existencia del antiguo y recordado “Pueblo”. Un sujeto colectivo que aglutinaba a maestros, campesinos,  profesionales, secretarias, obreros, empleados, trabajadores y trabajadoras en general. Todos se sentían parte del “Pueblo”, y había cierto orgullo en eso, en tener cierto origen y linaje popular. Una prosapia antigua, cuyo arte y cultura estaban ancladas en su vida cotidiana, en sus sentires, en los afectos, en los gustos del “Pueblo”, en sus tradiciones y en su Historia. Es verdad que toda identidad es artificial, es construida, es por eso que otras identidades quedaban subsumidas o invsibilizadas con la palabra “Pueblo”, por ejemplo, los pueblos indígenas hubieran preferido la palabra “Pueblos”, las feministas que se hiciera hincapié en el tema de género, igual las comunidades GLBT[1], los jóvenes, etc. Sin embargo, no hacían “cuestión de estado por eso”, en todo caso no como ahora. Todas y todos, se sentían mal que bien, representados en esa palabra: somos del “Pueblo”.

Como contraparte existían, y existen, las “élites”, que buscaban (y buscan), diferenciarse de la chusma de la que estaba compuesto el “Pueblo”. Las “élites” eran, y son, más bien planas, casi no se diferencian por su nacionalidad, pues su carácter explotador las hace idénticas en todo el mundo. Las “élites” tienen la tendencia a vestirse todas igual, es decir, persiguen los últimos alaridos de la diosa Moda, diosa terrible que ha esclavizado a los creativos, pidiéndoles todos los días una cuota más de sacrificio para el control social. Cuando las “élites” consiguen tener el último “grito de la moda”, desarrollan una terrible ansiedad, pues, como ya sabemos, todo grito es en esencia efímero, y saben que tarde o temprano, la novedad pasará. Así son las “élites”, corren tras la Moda. ¡Ah! pero no soportan los gritos del “Pueblo”, porque a diferencia de los gritos de la Moda, los pueblos gritan por derechos.

Cuando el griterío popular es demasiado, altisonantemente y subversivo, las “élites” se asustan, y miran para otro lado, pero por abajo, aparentando no tener nada que ver, sueltan las cadenas de sus fieros y fascistas perros, que muerden al “Pueblo” por tanto gritar y reclamar. Después de la sangre derramada, la carne regada y el obvio escándalo, las “élites” oligarcas suspiran: “Pero si esos no son nuestros perros”, sin embargo, los perros corren de tras de ellas a lamerles las manos, esperando recompensa.[2]

Todas las oligarquías o “élites” se parecen, consumen los mismos productos, construyen sus mansiones lejos de la chusma, y miran desde arriba a todos los demás. Tienen sus tiendas exclusivas, sus playas, sus discotecas, sus “barrios fichos”, en fin, están empeñadas en diferenciarse cada vez más del “Pueblo”, y, a mimetizarse cada vez más con otras “élites” del mundo. De allí, que la diversidad no sea un valor muy respetado por las aburridas “élites”, que tienden a la uniformidad. A diferencia del orgulloso “Pueblo”, que tiende más bien a la diversidad, hasta rayar a veces en un aparente “caos”, las “élites” perdonan ese “caos” si es como el de los chefs que dejan “en alto” el nombre de la comida peruana, o los “emprendedores de Gamarra”, que mueven la economía, pero si es un “caos” que reclama derechos, entonces e inmediatamente, vuelven a ser chusma de nuevo: Como le decía Doña Florinda a su hijo, luego de pegarle a Don Ramón (que sí era pueblo): “Ven Tesoro, no te juntes con esa chusma”.

Sin embargo, en algún momento, el “Pueblo” desapareció. Alguien lo mató. Quizás fueron los militares con sus desapariciones forzadas, quizás fueron los grupos alzados en armas con tanto coche-bomba y reclutamiento forzado, quizás la SUNAT lo dejó en bancarrota, quizás lo contrató Laura Bozo para un “talk show”, quizás lo desplazaron los tecnócratas, quizás lo desalojó el Señor Barriga, a lo mejor se volvió narco, quizás fue la corrupción de los partidos y la crisis económica que destruyeron los lazos solidarios, quizás el desempleo que humilla a las personas, quizás los “emprendedores” la emprendieron contra el “Pueblo”, quizás lo atropelló una combi, o le robaron unos pandilleros, y como es evidente, quiso defenderse y lo mataron.

Desde los noventa hay muchas explicaciones sociológicas que nos dicen qué diablos pasó con el “Pueblo”: la anomia, la crisis de representatividad, la globalización, el neoliberalismo, la posmodernidad, el golpe de “Fujivlaldi”, etc. Lo cierto es que un día el “Pueblo”, aquel bonachón viejito terco y respondón que solía juntarse en las esquinas con los vecinos a conversar de política y a convocar movilizaciones, se fue, desapareció. Jamás se le volvió a ver, ni en un “ampay” de Magaly, ni siquiera en las noticias feas de las 10 de la noche. El “Pueblo” desapareció. Alguien comentó, ligeramente, que lo vieron caminando en la Marcha de los 4 Suyos, otros en el Baguazo, pero de su paradero, nada de nada, el “Pueblo, se hizo humo.

Lamentablemente, el vacío que dejó el “Pueblo”, duró poco. Llegó un buen día a la misma esquina, un ser amorfo y prepotente, de aspecto aterrador, con un lenguaje agresivo, faltándole el respeto a todos, y se hizo llamar, la “gente”. De mirada desafiante, empujando a todos en el mercado, matonamente tomando lo que no era suyo y lanzando groserías a las mujeres. Así llegó “achoradamente”, la “gente”, amparada en el miedo generalizado y en el cinismo de todos; a la “gente” no le importa nada, vive de la corrupción y de la perpetua agonía de la solidaridad, como decía mi abuelita, “la gente come y caga pendejada”, pero sobre todo, vive del miedo y la desconfianza. La “gente”, fue incubada por el gris dogmatismo que se instaló en la cultura y en la organización popular, por el personalismo de los políticos de turno, por el pragmatismo que al final fue impráctico, por los atajos electorales, por la ansiedad política de los “jóvenes” (que no necesariamente son rebeldes), por la pasividad de los “viejos” (que no necesariamente tienen experiencia), por la traición de algunos líderes populares, por la guerra que sustituyó al diálogo (y a la política), por todo lo que se pudo hacer, y no se hizo. La “gente” les tomó la palabra a todos, los encontró egoísta y decadentemente peleándose entre sí, y como en una pollada, entró y los ametralló a todos. Desde ese día, el “Pueblo”, desapareció y se instaló la gente ocupando el espacio que antaño fue de todos.

En el caldo de cultivo de la violencia, la traición y el egoísmo, se engendró la “gente”. El “Pueblo” y su poder solidario fueron desplazados y en su lugar se normalizó la “cultura del vivo”, del que saca provecho de la desventaja ajena, del que sobrevive como sea, del que ve en la política una “oportunidad”, porque ahora la corrupción ya no es un límite, el límite es la muerte, y entre ambos puntos terribles –corrupción y muerte- habita cómodamente la “gente”.

Y la “gente” es la que integra las caravanas y el griterío de los políticos de hoy, la mayoría de ellos corruptos, la gente se vuelve la “portátil” del líder de turno porque algo está ganando. La “gente” es la que se revuelca en el arte y el humor más decadente que difunden los medios de comunicación, la “gente” tiene valores como la homofobia, el racismo y la cosificación de la mujer. La “gente” renunció a su tradición popular porque ésta no era del gusto de las “élites”, la “gente” acepta como normal, que la abandonada anciana enferma vendedora de golosinas en los semáforos, no es pobre, sino una “pequeña empresaria”, escamoteando así, la miseria, para invisibilizar la injusticia.

La “gente” puede votar hacia la izquierda, puede votar incluso por alguien honesto, pero no lo hará por los buenos valores, ni por lograr una transformación de fondo, sino porque a la larga, en su cálculo, algo va obtener, o algo va evitar, siempre en su mezquino beneficio. La “gente” llenó de pragmáticos y corruptos los partidos políticos que han devenido agencias de empleo y franquicias electorales, la “gente” odia la frase “trabajo a largo plazo” porque quiere cobrar ahora mismo. La “gente” se hace de la vista gorda cuando explotan o matan a sus semejantes (“mientras no sea mi familia, qué me importa”), la “gente” es la que usa la política lambisconamente para obtener una licitación, un “carguito”, o una chambita; a la “gente” le gustan las leguleyadas porque en la oscuridad de las oficinas se negocian los beneficios que algún papel consagrará.

La “gente” convierte a los líderes honestos en caudillos, hablándoles al oído lo malos que son los demás, siempre adulando, metiéndoles el miedo en la cabeza para ganar su confianza, poniéndose de alfombra, y siempre esperando un descuido para apuñalar por detrás.

La “gente” no tiene dinero pero está enterada de la vida de los ricos y famosos, se extasía con la forma de vida opulenta que no puede tener, es el onanismo del poder lo que le gusta a la “gente”. La “gente” tiene una secreta envidia, quiere el poder de las “élites”, pero jamás hará algo por alcanzarlo, en lugar de eso, seguirá comiendo la carroña que queda del cuerpo del “Pueblo”, seguirá mordiendo sus heridas y comiendo de su sangre, de su trabajo, de los derechos que otrora el “Pueblo” conquistó, seguirá parasitando su imagen y seguirá llamándose a sí misma cínicamente: “pueblo”, en especial cuando le quieran quitar esos beneficios.

Thorstein Veblen le llamó “consumo conspicuo” al consumo de ciertos productos diferenciadores  que las “élites” compran y venden para alejarse más de la chusma. La “gente” no puede consumir las mismas y costosas tonterías que consumen las “élites”, por eso, éstas últimas han llenado de tonterías parecidas (llamadas ahora “bamba”) los escaparates del mercadito, entonces la “gente” se tranquiliza y llega al clímax del consumo cuando adquiere un producto que los asemeja a las “élites”, y felices con su compra van a casa y se dicen entre sí “¡Oh, todos somos pitucos, el Perú avanza!”. Pero en el fondo, la “gente” tiene vergüenza de su origen, la “gente” sabe que alguna vez fue parte del “Pueblo”, que alguna vez tuvo orgullo de aquel sujeto colectivo que entendía que su falta de dinero era consecuencia de una imposición, de un robo institucionalizado. La pobreza para la “gente” –en cambio- es algo natural e intrínseco, por eso no tiene dignidad, asume pasivamente su condición de inferioridad frente a las “élites”, y éstas últimas se ríen de la “gente” como se ríe Jaime Bayly de Tongo. “Lo que para arriba es excéntrico, para abajo es ridiculez” (Cerati dixit). No cabe duda, la “gente”, es el “Pueblo” derrotado.

El “Pueblo” no sólo luchaba por derechos, sino por transformar la vida, el “Pueblo” para existir tenía que vivir organizado, racionando lo poco que había para que todos tuvieran. El “Pueblo” planteaba vivir solidaria y comunitariamente, en cambio la “gente”, quiere que las autoridades les den todos los servicios básicos y que no la molesten más, para así, poder seguir cultivando impunemente las injusticias domésticas: golpear a la mujer y recluirla en la cocina, ningunear a los niños, abusar de los más débiles, chismosear de lo tarde que llega la vecina, molestar a las jovencitas, golpear al homosexual, burlarse del dolor ajeno, celebrar la injusticia a carcajadas. Ésta es la “gente”, que mataría a su madre para poder salir en un “talk show”, la misma “gente” a quien los políticos acuden en busca de legitimidad, y sólo encuentran buenos precios para los aplausos.

La “gente” aprovecha la fama del “Pueblo” para obtener algo sin trabajar, “¡Tenemos derechos!” vociferan, pero jamás lucharán por ellos. Entonces, ¿Es la justicia sólo un tema de derechos? No lo creo, los derechos son los frutos maduros del árbol de la lucha y la dignidad, y el “Pueblo” sabía cómo sembrar esas semillas, mucho antes de que naciera la consigna “sin luchas no hay victorias”, el “Pueblo”, ya lo sabía, de las misma manera como el hermano indígena sabe lo que la tierra siente.

La “gente” no va desaparecer sólo porque le den más libros a los pobres, o con una buena obra de arte, o con un buen discurso político, con un taller, o con un buen programa social, o con solamente buenos líderes. La “gente” no va desaparecer con un buen decreto, una ordenanza, o con un gobernante honesto; como les dijo décadas atrás Silvio Rodríguez a los líderes cubanos, cuando la Revolución estaba de moda y aún no era denostada: “absurdo creer que el paraíso, es sólo la igualdad las buenas leyes, el sueño se hace a mano y sin permiso, arando el porvenir con viejos bueyes”, los mismos viejos bueyes que tendremos que arrear para que la “gente” desaparezca, ésa es la paradoja del poder popular.

Qué risa causa la candidez de los pragmáticos y ansiosos electoreros y “Estado-céntricos” que no entienden que la política puede ser como un pantano, mientras más rápido te mueves por salir, más rápido te puedes hundir. A la “gente” no se la combate por arriba, en los cubileteos del poder, ni con comisiones reorganizadoras, ni reprimiéndolas militarmente. Recordemos que la “gente” existe allí donde el “Pueblo” perdió su poder solidario, y la “gente” puede ser un familiar, un vecino, un amigo cercano incluso.

A la “gente” se la combate desde el cotidiano, recuperando el poder absoluto de las asambleas, con democracia total, luchando por las agendas de todos y todas, no sólo las propias (que siempre son las más urgentes), incluso siendo minoría. A la “gente” hay que detenerla cuando quiera golpear a alguien, callarla cuando sea ofensiva, arrinconarla cuando no tenga un trato fraterno, denunciarla cuando se juegue por debajo de la mesa el trabajo de todos nosotros, y vigilarla cuando esté derrotada, porque la “gente” (lamentablemente) tampoco es un ente fuera de nosotros mismos. Algo de ella todas y todos tenemos.

El vacío que dejamos al alejarnos de la política, otros con menos escrúpulos lo llenarán, los errores que cometemos, engendrarán nuevos monstruos. Sino ¿Qué cosa es un tecnócrata? Pues, es el hijo soberbio y malagradecido de un líder popular, hijo que pudo estudiar gracias al tesón de sus hermanos mayores, de sus padres y que ahora los mira por encima del hombro como los parientes pobres que no saben nada. El tecnócrata es la creación de años de derrotas populares, de traiciones dirigenciales, es producto de los atajos electorales, es el gallinazo que aprendió la política con la frase “Nosotros los jóvenes…” y cuyo hálito apesta a promesas de gestión exitosa.

Los tecnócratas son los líderes de la “gente”, ambos se necesitan. Los primeros, para ofrecer una ejemplar gerencia, una buena gestión de lo establecido, los segundos, para hacer la pantomima de los aplausos, las consignas y las remuneradas caravanas. Lo que la “gente” no sabe, es que el tecnócrata es uno de ellos, y siempre buscará su propio beneficio antes que los ansiados “derechos y servicios básicos”. Lo que el tecnócrata no sabe, es que la “gente” hará mil movilizaciones al mes para pedir su vacancia y que otro tecnócrata asuma el cargo. He aquí el círculo vicioso de la politiquería, que cambia a todos, pero nada transforma.

¡Como extrañamos al “Pueblo”!, las ricas comidas de su esposa, la Señora Dignidad, los huaynos, los valses, algún tonderito, o la música de Juaneco mucho antes de Bareto, y que ponían a todo volumen en su radiola vieja. ¡Cómo extrañamos las asambleas del barrio! cuando el “Pueblo” gritaba consignas y todos los jóvenes (ahora viejos tristes y sin experiencia) se paraban a aplaudir emocionados, cuando a las mujeres se les decía “compañera” y se las miraba con admiración y respeto como a María Elena Moyano, cuando el “Pueblo” decía que había que hacernos respetar. Cuando la seguridad del barrio era tarea de todos, cuando la confianza era algo común. No como ahora, que la “gente” sólo discute quién es el candidato que ofrece más, cómo hacemos la colecta para poner más rejas al barrio, quién negocia mejor el vaso de leche por lo bajo, y vende las cosas del comedor popular para su beneficio personal.

Ahí descubrimos que aquel viejito renegón, a veces autoritario –el “Pueblo”- que a veces no nos dejaba divertirnos, no había sido tan malo. Era solidario, compartía mal que bien, lo poco que tenía, y siempre nos hablaba de sus anécdotas de lucha, de lo que le había costado tener su casita, su seguro, su jardín con tres flores, y su perro viejo como él. El honesto abuelo dirigente barrial, sindical, la abnegada abuela dirigente de una red enorme de comedores populares, el “Pueblo”, no está más, y miramos con pena su vieja y saqueada casa.

Por años estuvo abandonada aquella casa de la Av. Revolución, hasta que un buen día llegaron unos jovencitos. De vez en cuando venían a limpiar la casa, a ponerles vidrios nuevos a cortar el jardín que ya ni siquiera tiene las tres flores, y trajeron un cachorro al que nombraron “Justo”.

-¿Quiénes son? Murmuraban algunas viejas entre la “gente”.

Dicen que son los nietos del “Pueblo”. El mayorcito afeminado es de Puno, la muchacha trabajaba en Arequipa, pero dicen que es de Piura, el de gorrita es cusqueño, la niña con la pelota es de Cajamarca y los más niñitos acaban de llegar de la selva.

¡Qué bonitos se les ve, tan jóvenes, sin miedos, tan llenos de vida! Los nietos del “Pueblo” repararon la casa del ausente anciano, organizaron talleres de artes y lectura con los niños del barrio, y empezaron a ir a las corruptas asambleas barriales que la “gente” dominaba a punta de golpes y amenazas. Mientras tanto las comadres cuchicheaban:

-Sí, desde hace un tiempo vienen a todas las asambleas, incluso quisieron convocar ellos a una extraordinaria. Al comienzo venían pero se quedaban calladitos, solo miraban, muy serios, miraban todo. El techo, el piso todo sucio de las polladas de la “gente”, los vasos rotos, los puchos, los cuadros viejos, las calatas de los afiches de chelas que ahora estaban en lugar de la vieja pintura de Mariátegui, las ventanas rotas. Y entre ellos, siempre conversan en voz baja.

Para la asamblea siguiente, los nietos del “Pueblo” habían restaurado el viejo cuadro de Mariátegui y pintado un bello mural infantil en la fachada. La “gente” les increpó amenazantemente que el cuadro rojo del Amauta debían sacarlo, porque era el símbolo del terrorismo y eso haría que se espanten los candidatos y las empresas que monopolizan el Programa del Vaso de Leche. “En plena época electoral a nadie le conviene una mala imagen”, decía la “gente” entre el asentimiento de sus “ayayeros”. Pero el joven a quien llamaban afeminado a sus espaldas, emergió de las bancas y dejó caer su voz como un trueno:

-¡ÉSTAS COSAS SON DE NUESTRO ABUELO, Y NADIE LAS VA A SACAR DE AQUÍ, NUNCA MÁS!

El rostro de la “gente” se desencajaba y miraba indignada retrocediendo. Los niños del barrio protestaron contra los “ayayeros” de la “gente” (que para colmo, eran sus propios padres), porque los niños, además de haber  participado en la refacción del cuadro y en el mural, también limpiaron el salón comunal de los restos de borracheras, drogas y orgías que la “gente” solía hacer en las noches. Como nunca, la “gente” sintió miedo, y se fueron del salón comunal urdiendo algo para vengarse.

Poco a poco, las asambleas se llenaron de niños, que escuchaban con atención todo lo que sus padres tenían que decir. Los padres tenían vergüenza de decir cualquier cosa desatinada, se sabe que no hay peor examen para un padre que la mirada atenta de su hijo. Al cabo de un tiempo, regresaron a las asambleas los ancianos que una vez estuvieron tristes, y volvieron a contar las historias de lucha que alguna vez el “Pueblo” contara. Los nietos del “Pueblo” trabajaron mucho para que las chicas del barrio descubrieran que no tenían que invertir en “belleza” para que un marido las compre. Las danzas y la música de los pueblos originarios se fusionaron con el hip hop pero con nuevos mensajes que los jovencitos del barrio cantaban. Todos los colegios del barrio fueron muralizados, y al cabo de unos pocos años, casi todos tenían la costumbre de ayudarse solidariamente.

Con el tema de la homofobia también se avanzó. Ya nadie le rompía los vidrios a los estilistas homosexuales de la peluquería frente al parque, en los campeonatos de vóley también podían participar no sin algún que otro silbido del algún bromista. Y los “gays” pudieron al fin entrar a la iglesia sin la mirada reprobatoria de las cucufatas y los machistas “pegamujeres”.

Los niños se convirtieron en los oídos y ojos del “Pueblo”, ante el maltrato infantil, racismo, violencia contra la mujer, o violencia por odio y homofobia, los niños iban a la asamblea previamente coordinados, y encaraban a sus padres el golpe a la mamá, el golpe al hermanito por parte de la mamá, o algún comentario racista, sexista u homofóbico. La sanción social era tremenda, pero faltaba aún algo muy duro de lograr, desterrar la corrupción.

Ya se había logrado la confianza, y los niveles de solidaridad eran muy grandes comparándolo con los de años anteriores, pero el cuartel general de la “gente” está en los bolsillos. Muchas familias vivían de la corrupción, de malversar los fondos de los programas sociales, de la ignorancia y desinformación por haberse alejado de la política por tanto tiempo.

La corrupción había llegado a tal grado, que todos la consideraban “normal”, “Que robe, no importa, pero que haga obras”, decían las familias “ayayeras” de la “gente”. Los y las dirigentes permanecían años en un cargo, y eran ellos los que negociaban con los alcaldes y los ministerios. La “gente” no iba a permitir que le arrebataran eso. Hubo muchas luchas, algunos padres que estaban del lado de los nietos del “Pueblo” denunciaron los malos manejos, pero la “gente” es corrupta, está coludida con muchas autoridades, y tiene matones a sueldo, lograron así, que las denuncias no prosperaran.

Un buen día, cuando la indignación logró ser cultivada, y pasó de ser un jardín con tres flores, a un jardín lleno de flores de todos los tamaños y colores, una gran movilización entró a la alcaldía, vino la prensa y se descubrieron los malos manejos del alcalde y los dirigentes corruptos. ¡Con fotos, audios, videos y cartas…! Todo quedó al descubierto, y los vecinos vomitaban en las esquinas por el tremendo olor que despedía la corrupción, a parte de la basura acumulada que jamás recogieron las autoridades incompetentes del municipio.

En una asamblea, se decidió que nada tenían que ver los familiares y los hijos de estas personas corruptas, que no era justo que carguen el estigma de sus malos familiares, es más, se les dio la oportunidad de alejarse de la “gente” y de las faltas de sus parientes o padres, y se los nombró parte de la contraloría popular en el presupuesto participativo.

En su revancha, la “gente” asesinó horriblemente al perrito de los nietos del “Pueblo”, y lo colgaron de un poste con un cartel amenazando a todos. Al día siguiente los niños, los padres, las madres, los gays de la peluquería, el cura del barrio, las cucufatas, las chicas, los danzantes y los músicos, llegaron todos hasta la puerta de la “gente” y le dieron tremenda paliza, un escarmiento que jamás se le olvidó. Ese día la “gente” sintió que el poder solidario, no es un poder ingenuo ni pasivo, mucho menos débil.

La “gente” fue derrotada en el barrio, los matones fueron echados a patadas. A las siguientes elecciones, llegaron los candidatos y grande fue su sorpresa, cuando los programas y planes de gobierno fueron presentados por niños, con la anuencia y asesoría de los ex tecnócratas del barrio.

-Aquí nosotros sabemos cómo gobernar, tenemos experiencia porque nos gobernamos a nosotros mismos. Por eso tenemos nuestros propios programas, si su partido puede prestar atención a lo que planteamos y aceptan nuestros liderazgos, entonces apoyaremos su campaña. Si no,  vayan a otro lado. Aquí no somos como la otra “gente”.

Se aprendió que el poder y la política no se encuentran sólo en los partidos políticos, ni en las instituciones del Estado, como tanto les habían repetido los medios de comunicación y la tecnocracia. Se aprendió que el Pueblo puede, que el pueblo sabe, y si el pueblo puede, quiere decir que tiene poder, es decir, poder popular, sólo hace falta recordarlo.

Lo que vino después fue decisión de todas y todos en una asamblea. La “gente” estuvo allí también, intentando influir para que se tomen decisiones injustas, pero perdió. Los nietos del “Pueblo” estaban más felices que nunca, en el jardín florecido de su casa improvisaron una jornada cultural y la muchacha les dijo todos:

-¡Este es un logro de todas y todos! Por fin podremos honrar la memoria de todos nuestros abuelos, que aunque no fueron perfectos, lucharon por darnos esto que hoy recuperamos y que no volveremos a perder jamás. La “gente” muchos años tuvo el poder aquí y nos corrompió a todos. En adelante, se mandará obedeciendo, se ganará otorgando al hermano y la hermana, y se trabajará para todos. ¡Qué viva el Pueblo!

Y todos rompieron en gritos y risas, abrazos, música y danzas, pero lo que todos devolvían al unísono ante el discurso de la nieta del “Pueblo” fue:

-¡QUE VIVAN LOS PUEBLOS!

Más allá, un niño entristecido por la muerte del perrito, les decía a los chicos que era una pena horrible lo que había hecho la “gente” con el can. El mayor de los hermanos lo cargó y le dijo:

-Mataron a “Justo”, pero no mataron la justicia, mi hermano…

Al día siguiente, ya había otro perro.

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 [1] Gays, lesbianas, bisexuales y transgéneros. Comunidad de la diversidad sexual que en los tiempos del “Pueblo” no eran visibles, o más bien, estaban invisibilizados.

[2] En el caso peruano, el fascismo social llegó a su más alta expresión con el fujimorismo, que representó los intereses neoliberales de las élites en el Perú, fueron el “pitbull” de las asustadas élites y fieros defensores del documento de 1993 que ellos llaman Constitución. Es necesario que la derecha aprenda que debe hacerse representar por políticos democráticos.